Un punto que vale por tres es como un empate que tiene un dulcísimo aroma a triunfo. Así se despidió el Málaga CF del Camp Nou tras escribir otra gesta más con letras de oro, otro partido memorable que quedará en la retina del malaguismo con el paso de los años. Un más que meritorio empate a cero que no tiene nada que envidiar a otras gestas míticas que el club ha vivido allí y que se puede colocar junto al triunfo de hace 17 años de aquel imberbe Málaga de Peiró o al de hace dos temporadas por el osado Málaga de Gracia. El empate de ayer tarde es un canto a la fe y al trabajo bien hecho, una recompensa al sacrificio y la entrega. Posiblemente muchos ya pusieron en práctica esa misma forma de jugar en el Camp Nou en ocasiones anteriores, pero desde luego no parece que sea casualidad que el Málaga sea el que abrió hace unos años el círculo que ayer también cerró el Barça de 48 partidos seguidos marcando en casa.
La historia está llena de grandes gestas futbolísticas, pero la de ayer en el Camp Nou está cargada de dramatismo y de adversidades, lo que la convierten en un acto casi de heroicidad. Bien es cierto que Leo Messi no fue finalmente de la partida en una de las bajas que posiblemente determinaron el sino del encuentro incluso antes de comenzar. Tampoco estuvieron Luis Suárez ni Iniesta, entre otros. Pero el Málaga viajó al coso azulgrana repleto de bajas, con cuatro canteranos de partida y con cuatro jugadores con ficha del filial. Sin Camacho, pero también sin Weligton, Charles, Keko o el propio Chory, que finalmente no jugó ni un minuto por precaución. Y eso para un equipo humilde puede ser más determinante si cabe.
La cuestión es que ir al Camp Nou era lo más parecido a ir al matadero. Pero Juande y sus chicos aprendieron la lección. Supieron leer el partido y entregaron sus espadas para luchar sólo con escudos. El plan parecía macabro de partida, ya que entregarle todo el peso del juego y la posesión a este Barça es pronóstico de una sangría anticipada. Pero no lo fue. ¿Sorpresa? ¿Mala suerte? No lo creemos porque el Málaga hizo muchas cosas bien y el Barcelona, muchas mal, lo que encumbra a los blanquiazules.
En esa idea en la que se tienen que alinear los astros para rascar algo positivo del Camp Nou, el Málaga volvió a poner en práctica el plan que tan bien ha sabido exponer en este escenario los últimos años. Se encerró atrás, se parapetó en la portería de Kameni y sacó las uñas para rebañar y expulsar todo lo que rondaba por su área. Y lo hizo también con varios actores que ya han jugado a ese juego en el césped azulgrana. Además del meta camerunés –MVP incuestionable del partido–, Miguel Torres fue el líder de la zaga en un trabajo oscuro y silencioso, pero sumamente eficaz. Guió con sus hilos invisibles a Mikel y Llorente como si fuera un comandante en el frente de batalla. Y el plan dio sus frutos. Rosales, que también ha probado las dulces mieles de triunfar contra el Barcelona, volvió a secar a Neymar como ya ha hecho otras tantas veces. Y Ricca batalló con más problemas de la cuenta en la izquierda. Por delante, Pablo y Juanpi se intentaron multiplicar en tareas reservadas para fajadores y no para finos estilistas como ellos. Pero guardaron el frac para salir con el mono de trabajo. El debutante Ontiveros y el velocísimo Juankar eran el mínimo atisbo de ataque junto a Sandro, que era el Tom Hanks malaguista encarnando el papel en Náufrago.
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